Nana
Nana «Efecto de las nuevas costumbres» decía la señora Chantereau; en otros tiempos esas solemnidades transcurrían en familia; actualmente era preciso una muchedumbre, entrada libre para todo el mundo y el aplastamiento, sin el cual la velada parecía insípida. Era cuestión de exhibir el lujo y para ello se introducía en la casa la espuma de París, y nada más natural si semejantes promiscuidades pudrían en seguida el hogar.
Aquellas señoras se quejaban de no conocer a más de cincuenta personas. ¿De dónde salía todo aquello? Hasta las solteras, muy escotadas, exhibían sus hombros desnudos. Una mujer llevaba un puñal de oro plantado en su moño, mientras que un bordado de perlas de azabache la vestía como una cota de mallas. A otra la seguían sonriendo, ¡tan singular encontraban la osadía de sus faldas ajustadas!
Todo el lujo de aquel fin de invierno se encontraba allí; el mundo del placer con sus tolerancias, lo que una señora de casa recoge entre sus relaciones de un día, una sociedad en la que se codeaban los grandes apellidos con las grandes vergüenzas, en un mismo apetito de goces. El calor aumentaba y la cuadrilla desarrollaba la cadenciosa simetría de sus figuras, en medio de los salones demasiado llenos.