Nana

Nana

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Se contaba que había conquistado al virrey, y que reinaba en el fondo de un palacio, sobre doscientas esclavas, a las que cortaba la cabeza para reírse un poco. Nada de esto. Se había arruinado con un negrazo, una sucia pasión que la dejaba sin camisa y en la disolución crapulosa de El Cairo. Quince días después hubo un gran asombro; alguien juró haberla visto en Rusia. Se formaba una leyenda; ella era la querida de un príncipe y se hablaba de sus diamantes.

Todas las mujeres los conocieron por las descripciones que se hacía de ellos, sin que nadie pudiese citar el origen de la información: sortijas, pendientes, pulseras, un collar de dos dedos de ancho, una diadema de reina coronada con un brillante central, grueso como el pulgar. En el retiro de aquellos países lejanos, adquirían el resplandor misterioso de un ídolo cargado de pedrería.

Ahora se la nombraba seriamente, con el supersticioso respeto que produce una fortuna hecha en países salvajes.

Una tarde de julio, hacia las ocho, Lucy, que pasaba en coche por la calle del arrabal de Saint-Honoré, vio a Caroline Héquet, que iba a pie para hacer un encargo a un proveedor de la vecindad. La llamó y en seguida le dijo:

—¿Has cenado, estás libre? Entonces, querida, ven conmigo… Nana ha vuelto.


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