Nana

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Habían llegado. En el bulevar el cochero tuvo que contener los caballos ante un embotellamiento de carruajes y peatones.

Durante el día el Cuerpo Legislativo había votado por la guerra; una multitud bajaba por todas las calles, corría a lo largo de las aceras e invadía la calzada. Del lado de la Madeleine el sol se había ocultado tras una nube sangrienta, cuyo reflejo de incendio se fijaba en las ventanas altas.

El crepúsculo avanzaba, una hora sórdida y melancólica, con el envolvimiento ya oscuro de las avenidas, que los fuegos de los mecheros de gas aún no taladraban con sus llamas vivas.

Y entre aquel pueblo en marcha, las voces lejanas crecían, las miradas lucían en los rostros pálidos, mientras un gran soplo de angustia y de estupor extendido arrebataba todas las cabezas.

—Ahí está Mignon —dijo Lucy—. Él nos dará noticias.

Mignon estaba de pie bajo el amplio pórtico del Gran Hotel, con aspecto nervioso y mirando a la muchedumbre. A las primeras preguntas de Lucy, se las llevó gritando:

—¿Acaso lo sé? Hace dos días que no puedo arrancar a Rose de ahí arriba… Es estúpido arriesgar la piel de esa manera. Quedará bien si termina con la cara llena de hoyos. Sólo nos faltaría eso.


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