Nana

Nana

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La idea de que Rose pudiese perder su belleza le desesperaba. Repelía a Nana abiertamente, sin comprender nada de la necia devoción de las mujeres. Fauchery atravesaba el bulevar, y cuando estuvo con ellos, también inquieto y pidiendo noticias, los dos se empujaron. Ahora ya se tuteaban.

—La cosa sigue igual, muchacho —dijo Mignon—. Deberías subir y obligarla a seguirte.

—Sí que está bien —dijo el periodista—. ¿Por qué no subes tú y la obligas tú?

Como Lucy preguntaba por el número de habitación, le suplicaron que hiciera bajar a Rose, pues si no bajaba acabarían por enfadarse.

Pero Lucy y Caroline no subieron inmediatamente. Habían visto a Fontan, con las manos en los bolsillos y contemplando muy divertido las cabezas de la muchedumbre. Cuando supo que Nana estaba arriba, enferma, dijo, afectando sentimiento:

—Pobre muchacha… Voy a estrecharle la mano. ¿Qué tiene?

—La viruela —respondió Mignon.

El actor ya había dado un paso hacia el patio, pero regresó y murmuró sencillamente, con un estremecimiento:

—¡Toma!


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