Nana
Nana La viruela. Aquello no era gracioso. Fontan había estado a punto de tenerla a los cinco años. Mignon contaba la historia de unas sobrinas suyas que habían muerto de viruela. Fauchery sí que podía hablar, pues aún llevaba las marcas, tres granos en el nacimiento de la nariz, que señaló, y como Mignon le empujaba de nuevo con el pretexto de que nadie la había tenido nunca dos veces, combatió esta teoría violenta, y citó casos tratando a los médicos de brutos.
Pero Lucy y Caroline les interrumpieron, sorprendidas de la creciente muchedumbre.
—¡Miren, miren! ¡Sí que hay gente!
La noche avanzaba, los mecheros de gas de la lejanía se encendían uno tras otro. No obstante, en las ventanas se veía a los curiosos, mientras bajo los árboles la oleada humana crecía cada vez más, desde la Madeleine a la Bastilla. Los coches rodaban con lentitud. Un ronquido se desprendía de aquella masa compacta, todavía muda, congregada por una necesidad, que se amontonaba y pateaba, enardeciéndose en su misma fiebre. Pero un gran movimiento hizo retroceder a la muchedumbre. En medio de los empujones, entre los grupos que se apartaban, un conjunto de hombres con gorra y blusa blanca había aparecido, lanzando este grito con una cadencia de martillos golpeando el yunque:
—¡A Berlín! ¡A Berlín! ¡A Berlín!