Nana
Nana Y la multitud miraba, con una sombrÃa desconfianza, aunque ya conquistada y conmovida por imágenes heroicas, como el paso de una banda de música militar.
—SÃ, sÃ; id a que os desnuquen —murmuró Mignon, preso de un acceso de filosofÃa.
Pero Fontan encontraba aquello hermoso. Hablaba de enrolarse. Cuando el enemigo se encontraba en las fronteras, todos los ciudadanos debÃan levantarse para defender la patria, y adoptaba una postura como la de Napoleón en Austerlitz.
—Vamos, ¿suben conmigo? —le preguntó Lucy.
—¡Ah, no! ¿Para contagiarme?
Ante el Gran Hotel, sobre un banco, un hombre ocultaba su rostro en su pañuelo. Fauchery, al llegar, lo habÃa señalado con un guiño a Mignon.
Entonces ya estaba allÃ; sÃ, siempre estaba allÃ. Y el periodista aún retuvo a las dos mujeres para enseñárselo. Cuando él levantó la cabeza, ellas le reconocieron y dejaron escapar una exclamación. Era el conde Muffat, que miraba al vacÃo, hacia una de las ventanas.