Nana
Nana —Sabed que está plantado ahà desde esta mañana —contó Mignon—. Le he visto a las seis, y aun no se ha movido… Desde las primeras palabras de Labordette ha venido aquÃ, con un pañuelo en la cara… Cada media hora se arrastra hasta aquà para preguntar si la persona de arriba se encuentra mejor, y vuelve a sentarse… No es muy sano el cuarto de arriba; se puede querer a la gente y no desear la muerte.
El conde, mirando siempre hacia arriba, no parecÃa tener conciencia de lo que sucedÃa en torno de él. Sin duda ignoraba la declaración de guerra; no sentÃa ni oÃa a la muchedumbre.
—Miren —dijo Fauchery—. Ahà lo tienen, van a ver.
En efecto, el conde habÃa abandonado el banco y entraba bajo la alta puerta. Pero el conserje, que acabó por conocerle, no le dio ni tiempo de hacer la pregunta. Lo dijo en tono brusco:
—Señor, ha muerto en este mismo instante.
¡Nana muerta! Esto fue un golpe para todo el mundo. Muffat, sin una palabra, se volvió hacia el banco, con la cara hundida en el pañuelo. Los otros balbucieron algo, pero les cortó la palabra un grupo que pasaba gritando:
—¡A BerlÃn! ¡A BerlÃn! ¡A BerlÃn!