Nana
Nana ¿Verdad? En la gruta de cristal, qué maravilla con su rica naturaleza. No decÃa ni una palabra, incluso los autores le habÃan cortado una réplica, porque eso molestaba; no, nada de nada; aquello era grande. Ella conmovÃa a su público con sólo mostrarse. Un cuerpo como el suyo no se volverÃa a encontrar. Los hombros, las piernas y un talle… ¡Qué extraño era que estuviese muerta! ¿Saben que sólo llevaba sobre la malla un cinturón de oro que apenas le tapaba el delante y el detrás? Alrededor de ella, la gruta de espejos dando claridad, las cascadas de diamantes desprendiéndose, los collares de perlas blancas reluciendo entre las estalactitas de la bóveda, y en aquella transparencia, en aquella fuente de agua, atravesada por un ancho rayo eléctrico, ella aparecÃa como un sol con la piel y los cabellos encendidos. ParÃs siempre la recordará asÃ, ardiendo en medio del cristal, en el aire, como si fuera una diosa. Pero no, era demasiado necia para morir en aquella posición. Ahora debÃa estar bonita allá arriba…
—¡Y cuánto placer perdido! —dijo Mignon con la melancólica voz del hombre a quien duele que se pierdan las cosas útiles y buenas.