Nana

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Tanteó a Lucy y a Caroline para saber si subían. Claro que sí; su curiosidad había crecido. Precisamente Blanche llegaba sofocada y soltando pestes contra la multitud que abarrotaba las aceras, y cuando supo la noticia, volvieron a empezar las exclamaciones, y las señoras se dirigieron hacia la escalera con un gran alboroto de faldas.

Mignon las seguía, gritando.

—Decidle a Rose que la espero… En seguida; ¿se lo diréis?

—No se sabe de cierto si el contagio es de temer al principio o al fin —decía Fontan a Fauchery—. Un interno, amigo mío, me aseguraba que las horas que siguen a la muerte son las más peligrosas… Se desprende de los miasmas… Siento en el alma tan brusco desenlace; habría sido feliz si le hubiese estrechado la mano por última vez.

—Ahora, ¿para qué? —dijo el periodista.

—Sí, ¿para qué? —repitieron los otros dos.

La muchedumbre continuaba aumentando. A la luz de las tiendas, bajo las franjas temblorosas del gas, se advertía una doble corriente en las aceras. La fiebre se transmitía de uno a otro, las gentes seguían a los grupos de blusa y una avalancha continua barría la calzada, y el grito volvía nuevamente, saliendo de todos los pechos, sacudido y obstinado:

—¡A Berlín! ¡A Berlín! ¡A Berlín!


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