Nana
Nana Las voces callaron. Se tosió, se recogieron un poco. Luego abrieron la puerta despacio. Lucy entró seguida de Caroline y de Blanche. Pero se detuvieron, pues ya había cinco mujeres en la habitación. Gagá estaba repantigada en el único sillón, de terciopelo negro. Frente a la chimenea, Simonne y Clarisse hablaban de pie con Lea de Horn, sentada en una silla, y cerca de la cabecera de la cama, a la izquierda de la puerta, Rose Mignon miraba fijamente aquel cuerpo envuelto en la sombra de las cortinas. Todas conservaban sus sombreros y sus guantes, como señoras en visita, y sola, sin guantes, despeinada, pálida por la fatiga de tres noches de vela, Rose tenía una expresión de estupidez y de tristeza, mirando ante sí, pensando en aquella muerte tan brusca. En el extremo de la cómoda, una lámpara con una pantalla dirigía su luz al rostro de Gagá.
—¡Qué desgracia! —murmuró Lucy estrechando la mano de Rose—. Nosotras queríamos decirle adiós.
Y volvía la cabeza para verla, pero la lámpara estaba demasiado lejos y no se atrevió a acercarse. Sobre la cama se extendía una masa gris; sólo se distinguía su moño rojizo, con una mancha pardusca que debía de ser el rostro.
Lucy añadió:
—Yo no la había vuelto a ver desde la Gaité, en el fondo de la gruta.