Nana

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Entonces Rose, saliendo de su estupor, sonrió y repitió:

—¡Cómo ha cambiado…!

Luego recayó en su contemplación sin un gesto, sin una palabra.

Tal vez podrían verla muy pronto, y las tres mujeres se reunieron con las otras delante de la chimenea. Simonne y Clarisse discutían sobre los diamantes de la muerta, en voz baja. Pero… ¿existían esos diamantes? Nadie los había visto; debía de ser una broma. Pero Lea de Horn conocía a alguien que los había visto; ¡qué piedras más fabulosas! Y eso no era todo; también había traído otras muchas riquezas de Rusia: telas bordadas, chucherías preciosas, un servicio de mesa en oro, hasta muebles; sí querida, cincuenta y dos bultos, cajas como para cargar tres vagones. Todo eso estaba en la estación. ¡Vaya! Mala suerte, morir sin siquiera tener tiempo para desembalar su equipaje, y agregad que traía dinero, algo así como un millón.

Lucy preguntó quién la heredaría. Unos parientes lejanos, seguramente la tía. Vaya viña para la vieja. Ella aún no sabía nada, pues la enferma se obstinó en no avisarla, guardándole rencor por la muerte de su hijo. Entonces todas se apiadaron del pequeño; se acordaron de haberle visto en las carreras: un niño que estaba enfermo, con aspecto de vicioso y triste; en fin, uno de esos pobres mocosos que no han pedido nacer.


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