Nana
Nana —Es más dichoso bajo tierra —dijo Blanche.
—Y ella también —añadió Caroline—. No es tan divertida esta vida.
Les invadieron negras ideas en la severidad de aquella habitación. Tenían miedo, era una necedad seguir allí tanto tiempo, pero una necesidad de ver las clavaba a la alfombra. Hacía mucho calor, el cristal de la lámpara ponía en el techo una redondez de luna entre la húmeda sombra que ahogaba el dormitorio. Debajo de la cama, un plato lleno de fenol despedía un olor insípido. De vez en cuando la brisa movía las cortinas de la ventana, abierta sobre el bulevar, del que subía un sordo murmullo.
—¿Ha sufrido mucho? —preguntó Lucy, que se había abstraído ante las figuras del reloj, las tres Gracias, desnudas y con sonrisa de bailarinas.
Gagá pareció despertar.
—Oh, sí. Mucho… Yo estaba aquí cuando ha muerto. Os aseguro que no es nada agradable. Empezó a sufrir unas sacudidas…
Pero no pudo continuar su explicación; un grito subía desde la calle:
—¡A Berlín! ¡A Berlín! ¡A Berlín!