Nana
Nana Y Lucy, que se ahogaba, abrió la ventana y se apoyó en el antepecho. Allí se estaba bien, con el frescor que caía del cielo estrellado. Enfrente brillaban las ventanas, y los reflejos del gas bailoteaban en las letras de oro de las vidrieras.
Desde arriba, era divertido ver a la multitud rodar como un torrente por las aceras y la calzada, en medio de una confusión de coches, en la inacabable y movediza sombra rota por las luces de las linternas y de los mecheros de gas.
Pero el grupo que avanzaba rugiendo traía antorchas; una luminaria roja se acercaba del lado de la Madeleine, cortaba la multitud con un reguero de fuego y se extendía a lo lejos, sobre las cabezas, como una sábana incendiada.
Lucy llamó a Carolina y a Blanche, olvidada de todo y gritando:
—Venid… Se ve muy bien desde esta ventana.
Las tres se asomaron muy interesadas. Los árboles las molestaban, las antorchas desaparecían por momentos bajo los ramajes. Trataban de distinguir a los señores de abajo, pero el saliente de un balcón ocultaba la puerta, y ellas no veían más que al conde Muffat, tendido sobre el banco como un paquete sombrío, tapado el rostro con su pañuelo. Un coche se había detenido.