Nana
Nana Lucy reconoció a MarÃa Blond; otra que también corrÃa. No iba sola; un hombre gordo se apeaba detrás de ella.
—Es ese ladrón de Steiner —dijo Caroline—. ¡Cómo! ¿Aún no le han enviado a la colonia…? Quiero verle la cara cuando entre.
Se volvieron. Pero diez minutos después, cuando MarÃa Blond apareció, luego de equivocarse dos veces de escalera, iba sola. Y como Lucy, asombrada, la interrogase, contestó:
—¿Él? Ah sÃ… ¿CreÃas que subirÃan? Me ha costado que me acompañe hasta la puerta… Son cerca de una docena los que están ahà fumando.
En efecto, todos aquellos señores volvÃan a encontrarse. Llegados para curiosear y echar una mirada a los bulevares, se llamaban y se dolÃan de la muerte de aquella pobre muchacha, e inmediatamente hablaban de polÃtica y de estrategia.
Bordenave, Daguenet, Labordette, Prullière, y otros más habÃan engrosado el grupo. Y escuchaban a Fontan, que explicaba su plan de campaña para apoderarse de BerlÃn en cinco dÃas.
No obstante, MarÃa Blond, enternecida ante aquella cama, lo mismo que las demás, murmuró:
—Pobre gata… La última vez que la vi fue en la Gaité, en la gruta…