Nana
Nana —Pues ha cambiado, ha cambiado —repetĂa Rose Mignon con su sonrisa de huraño agotamiento.
TodavĂa llegaron dos mujeres más: Tatán NĂ©nĂ© y Louise Violaine. Iban de un lado a otro del Gran Hotel desde hacĂa veinte minutos, mandadas de un camarero a otro; habĂan subido y bajado más de treinta veces, en medio de un desorden de viajeros que se apresuraban a abandonar ParĂs ante el pánico de la guerra y aquella emociĂłn de los bulevares. Al entrar se dejaron caer sobre las sillas, demasiado cansadas para ocuparse de la muerta.
Precisamente acababa de armarse un gran alboroto en la habitaciĂłn contigua; se cerraban las maletas, se abrĂan cajones, golpes en los muebles, todo entre clamor de voces barbotando sĂlabas bárbaras. Era un matrimonio austrĂaco.
Gagá contaba que, durante la agonĂa, esos vecinos habĂan jugado a perseguirse; y como sĂłlo una sencilla puerta condenada separaba las dos habitaciones, se les oĂa reĂr y besarse cuando se atrapaban.
—Vamos, hay que irse —dijo Clarisse—. Nosotras no la resucitaremos… ¿Vienes, Simonne?
Todas miraron la cama con el rabillo del ojo, sin moverse. No obstante, se dispusieron a salir, dándose ligeros golpes en las faldas. Lucy se habĂa acodado nuevamente en la ventana, sola.