Nana

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Cierta tristeza le apretaba la garganta poco a poco, como si una profunda melancolía hubiese surgido de aquella multitud chillona. Aún pasaban antorchas, tremolando sus llamas; a lo lejos se amontonaban los grupos, alargándose en las tinieblas, como rebaños movidos por la noche en los cercados, y ante este vértigo, aquellas masas confusas, arrastradas por la ola humana, exhalaban un terror, una gran piedad por las matanzas futuras. Se aturdían, los gritos se rompían en la embriaguez de su fiebre, lanzándose a lo desconocido, allá abajo, tras la pared negra del horizonte:

—¡A Berlín! ¡A Berlín! ¡A Berlín!

Lucy se volvió y, arrimada a la pared, dijo palideciendo:

—¡Dios mío!, ¿qué va a ser de nosotras?

Aquellas mujeres inclinaron la cabeza. Se las veía tristes, inquietas ante los posibles acontecimientos.

—Yo —dijo Caroline Héquet fríamente—, me iré a Londres… Mamá ya está allá arreglándome el hotel… No quiero que me maten en París.

Su madre, como mujer prudente, le había hecho colocar toda su fortuna en el extranjero. Nunca se sabía cómo acabaría una guerra, pero María Blond se irritó; ella era patriota, y hablaba de seguir al ejército.


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