Nana
Nana —Vaya cobarde… SÃ, si me quisieran, me vestirÃan de hombre para ir a batirme a tiros con esos cochinos prusianos… Aunque dejásemos allà la piel. Bonita cosa nuestra piel.
Blanche de Sivry se revolvió.
—No hables mal de los prusianos… Son hombres como los demás, y no están siempre encima de las mujeres como los franceses. Acaban de expulsar a mi pequeño prusiano, que vivÃa conmigo; un muchacho muy rico, muy bueno, incapaz de hacer mal a nadie… Esa indignidad me arruina… Y, ¿sabes? que no me fastidien, porque me iré a Alemania…
Mientras ellas discutÃan, Gagá murmuró con su voz cansada:
—Se acabó; ya no hay suerte… No hace ocho dÃas acabé de pagar mi casita de Juvisy. Dios sabe con qué pena. Lili tuvo que ayudarme… Y ahora se declara la guerra, los prusianos vendrán, lo quemarán todo… ¿Cómo quieren que vuelva a empezar a mis años?
—A mà me importa poco —dijo Clarisse—. Siempre encontraré algo.
—Seguro, añadió Simonne. Esto va a ser divertido… Tal vez sea mejor.