Nana
Nana Y con una sonrisa completó su pensamiento. Tatán Néné y Louise Violaine coincidieron con ella. Tatán contó cómo se había divertido con los militares hasta reventar. Buenos chicos, y harían las mil y una por las mujeres.
Pero como levantaban mucho la voz, Rose Mignon, siempre en la cabecera de la cama, las hizo callar con un «chis» silbado suavemente. Se quedaron sobrecogidas, mirando de soslayo hacia la muerta, como si aquel ruego hubiese salido de la misma sombra de las cortinas, y en la pesada paz que siguió, aquella paz de la nada en que sentían la rigidez del cadáver tendido cerca de ellas, los gritos de la multitud estallaron:
—¡A Berlín! ¡A Berlín! ¡A Berlín!
En seguida se olvidaron de todo. Lea de Horn, que tenía un salón político, donde antiguos ministros de Louis-Philippe se entregaban a finos epigramas, dijo muy bajo, encogiéndose de hombros:
—¿Qué falta hace esta guerra? Una necedad sangrienta.
Inmediatamente Lucy tomó la defensa del Imperio. Ella se había acostado con un príncipe de la casa imperial, y aquello era asunto de familia.