Nana

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—Dejadlo, querida; no podemos dejarnos insultar más; esta guerra es el honor de Francia… Sabéis que no digo esto a causa del príncipe. ¡Menudo pinta! Figuraos que a la noche, al acostarse, se escondía sus luises en las botas, y cuando jugábamos a la báciga, ponía habichuelas porque un día yo gasté la broma de saltar sobre la apuesta… Pero esto no me impide ser justa. El Emperador tiene razón.

Léa movía la cabeza con gesto de superioridad, de mujer que repite la opinión de personajes importantes. Y repuso, levantando la voz:

—Éste es el fin. Están locos en las Tullerías. Sabedlo, Francia pudo echarlos antes…

Todas la interrumpieron violentamente. ¿Qué tenía ella para ponerse así con el Emperador? ¿Acaso la gente no era feliz con él? ¿No iban bien los negocios? París nunca se había divertido tanto.

Gagá, enardecida, se despertó indignada.

—¡Cállense! Es una idiotez, y no saben lo que dicen… Yo sí he visto a Louis-Philippe en una época de mendrugos y miseria, querida. Y después vino el cuarenta y ocho… Muy bonito. Una porquería su República. Después, febrero, y yo me moría de hambre, yo, la que os habla… Si hubieseis conocido todo esto, os pondríais de rodillas ante el Emperador, porque ha sido nuestro padre, sí, nuestro padre.


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