Nana
Nana Tuvieron que calmarla. Ella añadió en un arranque religioso:
—¡Oh, Dios mÃo! Que el Emperador tenga su victoria. ¡Consérvanos el Imperio!
Todas repitieron este deseo. Blanche confesó que ella quemaba cirios por el Emperador. Caroline, enamoriscada de él, se habÃa paseado durante dos meses por su pasaje, sin conseguir llamarle la atención. Y las otras estallaron en palabras iracundas contra los republicanos, hablando de exterminarlos en la frontera, para que Napoleón III, después de vencer al enemigo, reinase tranquilo en medio del júbilo universal.
—Ese sucio Bismarck, ¡vaya un canalla! —rugió MarÃa Blond.
—¡Y pensar que lo he conocido! —exclamó Simonne—. Si lo hubiese podido saber, serÃa yo quien habrÃa puesto una droga en su vaso.
Pero Blanche, molesta todavÃa por la expulsión de su prusiano, se atrevió a defender a Bismarck. Quizá no fuese tan malo. Cada uno en lo suyo. Agregó:
—Ya sabéis que adora a las mujeres.
—¡Y eso qué nos importa! —exclamó Clarisse—. No le necesitamos.
—Hombres de esa clase siempre hay demasiados —declaró Louise Violaine seriamente—. SerÃa mejor dejarlos pasar que tener negocios con semejantes monstruos.