Nana

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La discusión continuó. Hicieron añicos a Bismarck; cada una le pegaba un puntapié en su celo bonapartista, mientras que Tatán Néné repetía:

—Bismarck… No se me ha hecho rabiar poco con él. ¡Oh! Le tengo una tirria… Yo no conozco al tal Bismarck. No se puede conocer a todo el mundo.

—No importa —dijo Lea de Horn para concluir—. Ese Bismarck nos va a varear.

No pudo continuar. Todas se pusieron contra ella. ¿Cómo? ¿Una paliza? Al contrario, sería Bismarck el que volviera a su tierra a culatazos. ¡Vaya con la indigna francesa!

—Callad —pidió Rose Mignon, apenada por la riña.

El frío del cadáver volvió a apoderarse de ellas. Todas se detuvieron a la vez, inquietas, puestas de nuevo frente a la muerte, con el miedo al contagio.

Por el bulevar, el grito proseguía ronco, desgarrado:

—¡A Berlín! ¡A Berlín! ¡A Berlín!

Cuando ya se decidían a irse, una voz llamó desde el pasillo:

—¡Rose, Rose!

Asombrada, Gagá abrió la puerta y desapareció un instante. Luego, cuando regresó, dijo:


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