Nana
Nana —Querida, es Fauchery, que está abajo, al otro extremo. No quiere subir, está furioso porque sigues aquÃ, cerca del cadáver.
Mignon habÃa conseguido que el periodista subiese. Lucy, todavÃa en la ventana, se asomó, y vio a aquellos señores en la acera, mirando hacia arriba y haciéndole señas. Mignon, exasperado, levantaba los puños. Steiner, Fontan, Bordenave y los demás abrÃan los brazos en ademán de inquietud y de reproche, mientras Daguenet, para no comprometerse, fumaba tranquilamente, con las manos en la espalda.
—Es cierto, querida —dijo Lucy abandonando la ventana abierta—. HabÃa prometido hacerte bajar… Están todos llamándonos.
Rose abandonó penosamente la cabecera de madera, y murmuró:
—Ahora, ahora voy… Ya no me necesita para nada… Haremos que suba una Hermana.
Daba vueltas sin encontrar su sombrero y su chal. Maquinalmente, sobre el tocador, habÃa llenado una palangana de agua y se lavaba las manos y la cara, mientras decÃa:
—No sé, pero esto ha sido un golpe terrible para mÃ… Nunca fuimos muy amigas… Pues ya veis si soy tonta… ¡Oh! se me ocurren toda clase de ideas, hasta la de morirme también. El fin del mundo… SÃ, necesito aire.