Nana
Nana El cadáver empezaba a despedir cierto tufo… El terror se apoderó de todas, después de tanta indiferencia.
—Vamos, vamos, gatitas —repetÃa Gagá—. Esto no es sano.
Salieron con viveza, mirando por última vez el lecho. Pero como Lucy, Blanche y Caroline aún estaban allÃ, Rose se detuvo un instante para dejar la habitación en orden. Corrió una cortina de la ventana; luego pensó que aquella lámpara no era conveniente, que hacÃa falta un cirio, y después de encender uno de los candelabros de la chimenea, lo puso en la mesilla de noche cerca del cuerpo. Una luz viva iluminó bruscamente la cara de la muerta. Fue horrible. Todas se estremecieron y huyeron.
—¡Oh! está cambiada, está cambiada —murmuraba Rose Mignon—, saliendo la última.
Al salir cerró la puerta. Nana quedaba sola, la cara al aire, en la claridad de la bujÃa. Era un montón de huesos, lo que quedaba de humores y de sangre; una paletada de carne corrompida, arrojada allà sobre un colchón. Las pústulas habÃan invadido todo el rostro, un botón tocaba al otro, y marchitas, hundidas con un aspecto de barro gris, parecÃan un enmohecimiento de la tierra sobre aquella papilla informe, en la que no habÃa rasgos.