Nana
Nana Un ojo, el izquierdo, estaba completamente sombrío en el hervor de la purulencia; el otro medio abierto, se hundía como un agujero negro y corrompido. La nariz supuraba todavía. Una costra rojiza partía la mejilla e invadía la boca, arrancándole una risa abominable. Y sobre aquella máscara grotesca y horrible de la nada, los cabellos, aquellos hermosos cabellos, conservaban sus reflejos de sol, cayendo como un chorro de oro.
Venus se descomponía. Parecía que el virus cogido por ella en los arroyos, sobre las carroñas toleradas, aquel germen con el cual había envenenado a un pueblo, acababa de subírsele al rostro y lo había podrido.
La habitación estaba vacía. Un fuerte soplo desesperado subió del bulevar e hinchó las cortinas.
—¡A Berlín! ¡A Berlín! ¡A Berlín!