Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Este hombre sin temperamento no estaba bastante desarrollado para un auténtico combate; Erasmo sólo puede defenderse a la manera de esos animalitos que al estar en peligro se fingen muertos o cambian de color; pero lo que prefiere, en caso de tumulto, es retirarse a su concha de caracol, a su cuarto de trabajo: sólo detrás del muro de sus libros se siente íntimamente seguro. Observar a Erasmo en momentos decisivos es casi penoso; pues, en cuanto la situación llega a ser más y más aguda, se desliza rápidamente fuera de la zona peligrosa; se cubre la retirada, para huir de toda expresión categórica, con unas no comprometedoras frases de «acaso», «en cuanto»; vacila entre un sí y un no; desconcierta a sus amigos y enoja a sus enemigos, y quien contara con él como aliado se sentiría burlado del modo más lamentable. Porque Erasmo, como inconmovible solitario, no quiere guardar fidelidad a nadie sino a sí mismo. Aborrece instintivamente toda especie de resolución porque crea compromisos, y probablemente el Dante, tan apasionado amador, lo habría arrojado, a causa de su flojera, a aquella antesala del infierno de los «neutrales», con aquellos ángeles que tampoco quisieron tomar partido en la lucha entre Dios y Lucifer,

quel cattivo coro

Degli angeli che non furon rebelli

Ne’fur fedeli a Dio, ma per se foro.


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