Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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En efecto, ha comenzado una competencia por el favor de aquel sabio, desconocido aún hace poco tiempo, que hasta entonces sólo conservaba su vida, trabajosamente, gracias a dedicatorias, lecciones y epístolas mendicantes; que, con degradantes lisonjas a los poderosos, se calafateaba con flacas prebendas; pero ahora son los poderosos los que lo solicitan a él, y siempre es un espectáculo magnífico ver cómo los poderes mundanales y el dinero se ven obligados a servir al espíritu. Emperadores y reyes, príncipes y duques, ministros y hombres de letras, papas y prelados compiten en rebajarse por alcanzar el favor de Erasmo: el emperador Carlos V, el señor de ambos mundos, ofrécele un asiento en su consejo; Enrique VIII quiere ganarlo para Inglaterra; Fernando de Austria, para Viena; Francisco I, para París; de Holanda, Brabante, Hungría, Polonia y Portugal vienen las proposiciones más seductoras; cinco universidades se disputan el honor de ofrecerle una cátedra; tres papas le escriben epístolas respetuosas. En su cuarto se amontonan voluntarios tributos de los ricos admiradores, vasos de oro y cubiertos de plata; cargas de vino le son enviadas y valiosos libros; todos lo atraen, todos le invocan, para aumentar con la gloria del escritor la suya propia. Pero Erasmo, a un tiempo prudente y escéptico, acepta cortésmente todos estos dones y honores. Deja que lo obsequien, deja que lo alaben y glorifiquen, hasta gusta de ello y siente satisfacción no disimulada, pero no se vende. Deja que le sirvan, pero no toma a su cargo el servicio de nadie, imperturbable campeón de aquella libertad del artista, íntima e insobornable, reconocida por él como necesaria condición previa de todo efecto moral. Sabe que, manteniéndose solo goza de la fuerza más grande, y ¡qué inútil necedad sería la de pasear de corte en corte detrás de su gloria, en vez de plantarla, serena, clara y luciente como estrella, encima de su propia casa! Hace ya mucho tiempo que Erasmo no necesita viajar en busca de nadie, sino que todos vienen a su encuentro; Basilea se convierte, merced a su presencia, en una residencia real, en centro espiritual del mundo. Ningún príncipe, ningún sabio, ninguna persona que busque notoriedad, omite el ir a rendir homenaje al gran sabio a su paso por la ciudad, pues haber hablado con Erasmo se considera ya como una especie de espaldarazo cultural, y una visita a su morada (lo mismo que en el siglo XVIII a la de Voltaire y en el XIX a la de Goethe) cuenta como el más manifiesto testimonio de respeto al simbólico representante del invisible poder del espíritu. Para obtener en su álbum unos rasgos de su mano, altos aristócratas y sabios hacen varios días de peregrinación; un cardenal, sobrino del papa, que tres veces ha invitado vanamente a Erasmo a comer, no se siente deshonrado al rehusar éste su invitación, yendo él, por su parte, a buscarlo al sucio taller de imprenta de Froben. Cada carta escrita por Erasmo es encuadernada en brocado por el destinatario y mostrada como una reliquia ante amigos respetuosos; hasta una recomendación del maestro abre como «sésamo» todas las puertas; jamás un hombre particular, jamás Goethe, y apenas Voltaire, han poseído en Europa un poder universal sólo merced a su espiritual persona.


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