Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Considerada desde nuestro tiempo esta sobresaliente posición de Erasmo, no es, al principio, plenamente explicable ni por su obra ni por su persona; nosotros descubrimos hoy en él un espíritu prudente, humano, con plurales facetas y plurales formas, estimulante y atractivo, pero en modo alguno arrebatador ni transformador del mundo. Pero Erasmo, para su siglo, era más que un fenómeno literario; era, y llegó a ser, la expresión simbólica de los más secretos anhelos espirituales colectivos. Cada época que quiere renovarse proyecta primeramente su ideal en una figura; el espíritu del tiempo elige siempre a un ser humano como tipo para comprender él mismo su propio ser representativamente, y al elevar a este individuo único, y a veces de fama puramente casual, muy por encima de su medida, se entusiasma, por decirlo así, con su propio entusiasmo. Nuevos sentimientos y nuevos pensamientos nunca son comprensibles más que para un círculo escogido, la dilatada muchedumbre jamás puede concebirlos en forma abstracta, sino exclusivamente en una representación sensual y antropomórfica; por ello, gusta de poner a un hombre en lugar de una idea, una imagen, un modelo, al cual procura imitar fielmente. Este deseo de la época se encuentra como perfectamente acuñado en Erasmo por breve espacio de tiempo, el que uomo universale, el imparcial, el muy sabio, el que mira libremente hacia el porvenir, ha llegado a ser el tipo ideal de la nueva generación. En el humanismo, celebra la época su propio valor para pensar y sus nuevas esperanzas. Por primera vez, el poder espiritual tiene la precedencia sobre el puramente hereditario y tradicional, y la fuerza, la rapidez, con que se realiza esta transmutación de valores lo demuestra el hecho de que los antiguos representantes del poder se someten ellos mismos voluntariamente a los nuevos. Sólo es un símbolo el que Carlos V, con espanto de sus cortesanos, se incline para recoger el pincel que se le ha caído de las manos al hijo de un pastor, el Ticiano; el que el papa obedezca la grosera orden de Miguel Ángel y abandone la Capilla Sixtina para no estorbar al maestro; el que los príncipes y obispos se pongan de repente a coleccionar, en lugar de armas, libros, cuadros y manuscritos; inconscientemente, capitulan, de este modo, con el reconocimiento de que el poder del espíritu creador ha asumido en sí la soberanía en Occidente y de que las creaciones artísticas están destinadas a sobrevivir a las construcciones militares y políticas de la época. Por primera vez concibe Europa su razón de ser y su misión en la supremacía del espíritu, en la erección de una uniforme civilización occidental, en una cultura universal que actúe como modelo.