Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Para abanderado de este nuevo modo de pensar, la época elige a Erasmo. Como antibarbarus, como impugnador de toda reacción, de todo tradicionalismo, como precursor de una humanidad más alta, más libre y más humana, como conductor de una futura burguesÃa universal, antepónelo a todos los otros. Nosotros, gentes de hoy, sentimos sin duda encarnado de modo incomparablemente más alto el tipo del que busca audazmente, del que lucha magnÃficamente, del hombre fáustico de aquel siglo, en otra expresión más profunda del uomo universale, en un Leonardo o un Paracelso. Pero, en último término, lo que realmente perjudica a la magnitud de Erasmo: su clara comprensión (con frecuencia excesivamente diáfana), su darse por satisfecho con lo perceptible, su carácter obsequioso y urbano, determinó entonces su fortuna. Mas, por instinto, la época elegÃa rectamente: cada renovación del mundo, cada labor a fondo del mismo, ensáyase primero con los reformadores moderados en lugar de acudir a los revolucionarios rabiosos, y en Erasmo veÃa la época el sÃmbolo de la razón, silenciosa y tranquila, pero de actuación incesante. Durante un momento maravilloso, Europa está de acuerdo con el soñado deseo humanÃstico de una civilización uniforme que, con un idioma universal, una religión universal, una cultura universal, debÃa poner fin a la primitiva y fatal discordia, y esta inolvidable tentativa queda memorablemente unida con la figura y el nombre de Erasmo de Rotterdam. Pues sus ideas, sus deseos y sueños han dominado a Europa durante una hora universal de su Historia, y es una fatalidad para él, y al mismo tiempo para nosotros, que esta pura voluntad espiritual de una definitiva unificación y pacificación del Occidente sólo haya sido un entreacto, rápidamente olvidado, de la tragedia, escrita con sangre, de nuestra común patria.