Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Este imperio de Erasmo, que por primera vez —¡hora memorable!— abarcaba todos los países, pueblos y lenguas de Europa, era un suave señorío. Como conquistador sin violencia, sólo por la fuerza reclutadora y convincente de unos resultados espirituales, el humanismo aborrece toda violencia. Como únicamente elegido per acclamationem, no ejercita Erasmo ninguna dictadura ergotista. Espontaneidad e íntima libertad son las leyes políticas fundamentales de este invisible imperio. No con intolerancia, como anteriormente los príncipes y las religiones, es como quiere la posición espiritual erasmista someter a los hombres a sus ideas humanistas y humanitarias, sino que, como una luz al aire libre, que atrae hacia su pura esfera a los animales que vagan alrededor por lo oscuro, llama hacia su claridad a los todavía desconocedores y a los apartados, convenciéndolos dulcemente. El humanismo no tiene sentido imperialista, no conoce ningún enemigo ni quiere ningún siervo. Quien no quiera pertenecer al círculo selecto puede permanecer fuera de él, no se le obliga, no se le impele violentamente hacia el nuevo ideal; toda intolerancia —que siempre, en el fondo, procede de una incomprensión íntima—, es ajena a esta teoría de inteligencia universal. Pero, por otra parte, a nadie se le niega el acceso en esta nueva gilda espiritual. Humanista puede llegar a serlo todo aquel que sienta aspiraciones hacia la educación y la cultura; todo ser humano de cualquier categoría social, hombre o mujer, caballero o sacerdote, rey o mercader, laico o fraile, tiene acceso a esta libre comunidad, a nadie se le pregunta por sus orígenes, su razón y clase social, por su idioma o nación. Con ello, aparece un nuevo concepto en el pensamiento europeo: lo supernacional. Los idiomas, que hasta entonces eran los impenetrables muros divisorios entre los seres humanos, no deben separar ya a los pueblos: tiéndese un puente entre todos ellos con la lengua común, el latín humanístico, que vale universalmente, y, del mismo modo, el ideal de patria debe ser superado como insuficiente, por ser un ideal demasiado estrecho, por el ideal supernacional, el europeo. «El mundo entero es una patria común», proclama Erasmo en su Querela Pacis, y, desde esta prominente altura para la contemplación del panorama europeo, parécele un absurdo la criminal discordia de las naciones, todo odio entre ingleses, alemanes y franceses: «¿Por qué nos apartan aún todos estos nombres estúpidos, ya que nos une el nombre de Cristo?». Todas estas rencillas en el interior de Europa, para el ser humano de ideas humanísticas no son más que equivocaciones, debidas a una escasa comprensión, a una escasa cultura, y la misión del europeo futuro, en vez de meterse con tibia emoción en las vanas pretensiones de los principillos, en las de los fanáticos sectarios, de los egoístas del nacionalismo, debe ser acentuar más cada vez lo que una y reúna: lo europeo por encima de lo nacional, lo humano sobre lo patriótico, y transformar el concepto del cristianismo, como pura comunidad religiosa, en una cristiandad universal, un amor de la humanidad abnegado, complaciente y humilde. El ideal erasmista, por lo tanto, dirige sus tiros a mayor altura que a una mera comunidad cosmopolita; actúa ya en él una resuelta voluntad de una nueva forma de unidad espiritual en Occidente. Cierto que ya anteriormente algunos individuos aislados habían intentado una unificación de Europa, los césares romanos, Carlomagno, y más tarde habrá de hacerlo Napoleón, pero estos autócratas habían procurado reunir a los pueblos y los Estados con la maza de la violencia; el puño del conquistador había destrozado los imperios más débiles para encadenarlos a los más fuertes. Pero en Erasmo —¡decisiva diferencia!—, Europa aparece como una idea moral, como una exigencia espiritual perfectamente limpia de egoísmo; comienza con él aquel postulado de los Estados Unidos de Europa, todavía hoy no realizado, bajo el signo de una cultura y civilización comunes.


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