Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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Esta oposición se hace ya sensible en lo corporal; Lutero, hijo de montañés y de ascendencia campesina, sano y supersano, siempre vibrante y directamente amenazado, de modo peligroso, por las fuerzas físicas acumuladas en su organismo, dotado de vitalidad y con todo el grosero goce de esta riqueza —«Devoro como un bohemio y me emborracho como un alemán»—, pedazo de vida lleno de tensión, atarugado de energías casi hasta el estallido: el brío y la barbarie de todo un pueblo, reunidos en una naturaleza toda demasía. Cuando alza su voz, retumba todo un órgano en su lenguaje; cada palabra suya es rápida y reciamente salada, como un pedazo de moreno pan aldeano recién cocido; todos los elementos de la Naturaleza ventéanse en ella, la tierra con sus olores y sus fuentes, con sus aguas estercolarías y su fiemo: con la violencia de una tempestad salvaje y destructora, rueda esta lengua de fuego por encima del pueblo alemán. El genio de Lutero reside mil veces más en esta su vehemencia, llena de sensualidad, que en su intelecto; lo mismo que habla el lenguaje popular, pero con una añadidura inmensa de fuerza plástica, piensa inconscientemente según el sentido de la muchedumbre, y representa la voluntad general elevada a una potencia que alcanza hasta el grado más alto de la pasión. Su persona es, por así decirlo, el portillo por donde se abre paso todo lo alemán, todos los instintos alemanes, protestantes y rebeldes ante la conciencia del mundo, y al entrar la nación en las ideas de Lutero, también y al mismo tiempo entra él en la historia de su nación. Devuelve a los elementos su elemental fuerza primitiva.


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