Erasmo de Rotterdam
Erasmo de Rotterdam Si después de esta masa de barro que es Lutero, rechoncho, de grosera carne, duro hueso, pletórico de sangre; si después de este hombre, en cuya baja frente resaltan amenazadoras las prominencias bombeadas de la voluntad, recordando los cuernos del Moisés de Miguel Ángel; si después de este hombre de sangre se mira hacia el hombre de espíritu que es Erasmo, hacia el hombre de color de pergamino, fino de piel, sutil, frágil, circunspecto, sólo con contemplar el cuerpo de los dos ya saben los ojos, antes de que intervenga la razón, que entre tales antagonistas nunca será posible una amistad o una inteligencia duraderas. Siempre achacoso, siempre tiritando en su sombría habitación, siempre envuelto en sus pieles, con una salud eternamente escasa (así como Lutero tiene un exceso de salud que le oprime de un modo casi doloroso), Erasmo posee demasiado poco de todo aquello que el otro tiene con exceso; constantemente necesita esta naturaleza delicada mantener caliente con fuerte borgoña su pobre sangre anémica, mientras que Lutero —las oposiciones en lo pequeño son las más perceptibles— precisa a diario su «fuerte cerveza de Wittenberg» para apaciguar por la noche sus cálidas, hinchadas y rojas venas con un buen sueño sin ensueños. Cuando habla Lutero, retumba la casa, tiembla la Iglesia, vacila el mundo; pero también a la mesa, entre amigos, sabe reírse bien y estrepitosamente, y como después de la Teología es aficionadísimo a la música, también gusta de alzar la voz en un canto varonil y sonoro. Erasmo, por el contrario, habla débil y delicadamente, como un enfermo del pecho, perfila artificialmente y redondea las frases y les afila sus finas agudezas, mientras que a aquel otro le manan a borbotones los discursos y también su pluma marcha tempestuosamente hacia adelante, «como un caballo ciego». De la persona de Lutero brota una atmósfera de violencia; a cuantos están a su alrededor, a Melanchthon, Spalatin y los príncipes mismos, los mantiene, por medio de su varonil carácter dominador, en una especie de sumisa servidumbre. En cambio, el poder de Erasmo muéstrase del modo más fuerte cuando su persona queda invisible; en sus escritos, en sus cartas. No tiene nada que agradecerle a su cuerpecillo, pobre y mal cuidado, y todo se le debe, únicamente, a su alta, a su amplia espiritualidad, que abarca en sí al Universo.