Erasmo de Rotterdam

Erasmo de Rotterdam

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¿Por qué no podía durar —pregunta dolorosa— un imperio tan puro? ¿Por qué vuelven a ser siempre vencidos los mismos altos y humanos ideales de comprensión espiritual, por qué lo «erasmista» tiene siempre tan escasa fuerza efectiva en una humanidad que conoce, sin embargo, desde hace mucho tiempo lo absurdo de toda hostilidad? Tenemos, por desgracia, que reconocer y confesar claramente que un ideal que sólo se propone el bienestar general jamás puede satisfacer por completo a dilatadas masas del pueblo; en los caracteres de tipo medio también el odio exige el cumplimento de sus sombríos derechos junto a la pura fuerza del amor, y el provecho personal de cada individuo quiere obtener también de aquella idea rápidas ventajas individuales. Para la masa siempre será más accesible que lo abstracto lo concreto y aprehensible; por ello, en lo político siempre encontrará más fácilmente partidarios todo programa que, en lugar de un ideal, proclame una hostilidad, una oposición bien comprensible y manejable, que se dirija contra otra clase social, otra raza, otra religión, pues, con el odio puede encender fácilmente el fanatismo sus criminales llamas. Por el contrario, un ideal puramente unificador, un ideal supernacional y panhumano como el erasmismo carece, naturalmente, de todo impresionante efecto óptico para una juventud que quiere ver, al luchar, los ojos de su adversario, y jamás trae consigo aquel elemental atractivo que tiene lo orgullosamente disgregador, que muestra siempre al enemigo más allá de las fronteras del propio país y fuera de las de la propia comunidad religiosa. Por ello siempre encontrarán más fácilmente secuaces los espíritus partidistas, que azuzan en una determinada dirección el eterno descontento humano; mas el humanismo, la doctrina de Erasmo, que no tiene espacio para ninguna suerte de odio, que fija heroicamente su paciente aspiración en una meta lejana y apenas visible, es, y seguirá siendo, un ideal de espíritus aristocráticos, en cuanto el pueblo que ella sueña, en cuanto la nación europea, no esté realizada. A un tiempo idealistas, y a pesar de ello conocedores de la naturaleza humana, los partidarios de una futura inteligencia de la humanidad no pueden dejar de ver con claridad que su obra está siempre amenazada por el elemento eternamente irracional de la pasión; tienen que tener conciencia, al sacrificarse, de que siempre y en todos los tiempos volverá a haber oleadas de fanatismo, brotadas de las primitivas profundidades del orbe de impulsos humanos, que inundarán y destrozarán todo dique: casi no hay generación que no sufra tal retroceso, y, después de ello, su deber moral es sobreponerse a este desconcierto interno.


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