La impaciencia del corazón

La impaciencia del corazón

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Pero no es necesario describir con más detalle al amigo «Adabei» —este término burlón y humorístico que equivale a la vez a cotilla y lapa y que suele aplicarse en Viena a esta clase de parásitos de buen talante que pululan dentro de los abigarrados grupos de esnobs—, pues todo el mundo los conoce y sabe que uno no se puede librar sin grosería de su conmovedora inocuidad. De modo que me senté resignado a su mesa y durante un cuarto de hora tuve que escuchar su verborrea, hasta que entró en el local un hombre fornido y llamativo por su rostro juvenil y rebosante de salud, con un punto de gris en las sienes que lo favorecía; su porte un tanto erguido al andar lo reveló en el acto como ex militar. Mi vecino dio un respingo para saludarlo con su típica obsequiosidad, aunque el caballero en cuestión correspondió a su ímpetu con más indiferencia que cortesía, y todavía el nuevo cliente no había acabado de pedir la bebida al presuroso camarero, cuando mi amigo Adabei ya se me acercó para susurrarme al oído: «¿Sabe quién es?» Puesto que yo conocía desde hacía tiempo su prurito de coleccionista de exhibir triunfante cada ejemplar más o menos interesante de su colección y temía prolijas explicaciones, me limité a responder con un «no» carente de interés y seguí diseccionando mi tarta Sacher. Pero esta indolencia mía incitó aún más al cazador de nombres y, tapándose la boca con la mano por precaución, me sopló con voz apagada: «Pues éste es Hofmiller, de intendencia general… Ya sabe, aquel que ganó la condecoración de María Teresa durante la guerra.» Como este dato no pareció impresionarme en la medida esperada, empezó a desembuchar con el entusiasmo de manual de lecturas patrióticas diciendo que el tal capitán de caballería Hofmiller había llevado a cabo grandes hazañas en la guerra, primero en caballería, luego en aquel vuelo de reconocimiento sobre el Piave en el que derribó él solo tres aviones, y finalmente en la compañía de ametralladoras en la que ocupó y mantuvo un sector del frente durante tres días. Contó todo esto con muchos detalles (que aquí omito) y mostrando en cada momento su inmensa sorpresa por el hecho de que yo no hubiera oído hablar de aquel hombre admirable al que el emperador Carlos había distinguido con la más singular condecoración del ejército austríaco.


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