Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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—No puedo desdecirme del veredicto pronunciado en estos escalones. Ojalá hubiese sido más justo.

Luego, mientras se llevaban al condenado que se resistía a pesar de las cadenas, Virata se marchó. El juez, sin embargo, se detuvo una vez más para volver el rostro hacia atrás: se encontró con los ojos, fijos y malvados, del hombre al que arrastraban. Y se estremeció Virata al sentir en el fondo de su corazón hasta qué punto se parecían a los ojos de su hermano muerto, cuando lo había visto yaciendo inerme en la tienda del antirrey…

Aquella tarde, Virata no dirigió una palabra más a los hombres. La mirada del desconocido se le clavaba en el alma como una flecha ardiendo. Y los suyos le oyeron caminar por la azotea de la casa durante toda la noche, sin descanso, hora tras hora, hasta que despuntó el alba, roja, entre las palmeras.

En el estanque sagrado del templo, Virata tomó su baño matutino y oró de cara a oriente. Al terminar, volvió a entrar en casa, eligió las vestiduras amarillas de las fiestas, saludó con una expresión grave en el rostro a los suyos, quienes observaban su comportamiento solemne atónitos aunque sin hacer preguntas, y se dirigió, solo, al palacio del rey, que para él permanecía abierto a cualquier hora del día y de la noche. Virata se inclinó ante el soberano y tocó el borde de su vestidura, señal de súplica.


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