Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno El rey le dirigió una mirada serena desde el trono y dijo:
—Tu deseo ha tocado mi vestidura. Te ha sido concedido, antes de que lo manifiestes en palabras, Virata.
Virata permaneció inclinado.
—Me has nombrado juez supremo. Durante siete años he juzgado en tu nombre y no sé si lo he hecho con justicia. Concédeme una luna de silencio para que emprenda mi camino en busca de la verdad, y permite que no os revele ese camino, ni a ti ni a los demás. Deseo actuar sin injusticia y vivir sin culpa.
El rey, maravillado, repuso:
—Mi reino se verá privado de la justicia desde esta luna hasta la siguiente. Pero no te preguntaré cuál es tu camino. Ojalá te lleve a la verdad.
Virata besó el dobladillo de la real vestidura en muestra de agradecimiento, se volvió a inclinar y se marchó.
Con la luz del día, entró en su casa y llamó a su mujer e hijos.
—No me veréis durante una luna entera. Despedios de mí, y no me preguntéis nada.
Medrosa lo miraba la mujer y dóciles los hijos. Él se inclinó ante cada uno de ellos y les besó la frente.