Los Ojos del hermano eterno

Los Ojos del hermano eterno

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—Ahora id a vuestras habitaciones y encerraos en ellas, y que nadie me siga con la mirada para ver adonde me dirijo cuando salga por la puerta. Y no preguntéis por mí antes de que haya cambiado la luna.

Y todos, en silencio, encaminaron sus pasos hacia sus respectivas habitaciones.

Virata se quitó la vestidura de fiesta y se puso una oscura, oró ante las efigies del dios de las mil formas y estampó un largo escrito en hojas de palmera, después lo enrolló como una carta. Luego, cuando ya había oscurecido, salió de su casa, sumida en el silencio, y se dirigió hacia las rocas que se levantaban delante de la ciudad y cuyas entrañas, además de las minas de hierro, albergaban las prisiones. Llamó a la puerta hasta que el guardián, dormido, se levantó de su jergón y preguntó, a gritos, quién lo reclamaba.

—Soy Virata, el juez supremo. He venido a ver al hombre que trajeron aquí ayer.

—Está encerrado lo más abajo posible, señor, en la parte inferior de la oscuridad. ¿Quieres que lo traiga ante ti, señor?

—Sé dónde está. Dame la llave y vuelve a la cama. Mañana a primera hora encontrarás la llave ante tu puerta. Y no digas a nadie que me has visto hoy.


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