Los Ojos del hermano eterno
Los Ojos del hermano eterno El guardián, después de inclinarse, le entregó la llave y una antorcha. Respondiendo al ademán de Virata, el hombre dio media vuelta sin decir palabra y se tumbó sobre el jergón. El juez abrió la puerta de cobre que cerraba la cueva de la roca y bajó a las profundidades de las prisiones. Habían transcurrido cien años ya desde que los rajputianos habían empezado a encerrar a sus presos dentro de aquellas rocas, y cada uno de los encerrados, día tras día, excavaba en el corazón de la montaña para crear en la fría piedra nuevas estancias, destinadas a las nuevas víctimas de la prisión que, más tarde, los reemplazarían.
Antes de atravesar la puerta, Virata echó un último vistazo al cuadrado del cielo que, con estrellas blancas y saltarinas, se recortaba en su marco; luego, después de cerrarla, lo engulló la oscuridad y la llama vacilante de la antorcha se precipitó sobre él como una fiera depredadora. Aún percibía el suave silbido del viento entre los árboles y los chillidos estridentes de los monos; pero, en la primera profundidad, ya no eran más que un susurro débil y remoto, y en la segunda, reinaba un silencio como bajo la superficie del mar, frío e inmóvil. Las piedras no desprendían sino humedad, y no el olor de la tierra de este mundo, y cuanto más descendía, más resonaban sus pasos en la rigidez del silencio.