Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero este infeliz Chastelard es sólo uno de un oscuro rebaño, no es más que el primero que muere por María Estuardo, sólo precede a los otros. Con él empieza la fantasmagórica danza de la Muerte de todos aquellos que por esta mujer caminan hacia el cadalso, atraídos por su destino y llevándolo a su propio destino. Proceden de todos los países, se arrastran sin voluntad, como en un cuadro de Holbein, detrás de los negros tamborileros de hueso, paso a paso, año tras año, príncipes y regentes, condes y nobles, sacerdotes y guerreros, jóvenes y viejos, todos sacrificándose por ella, todos sacrificados por ella, inocente y culpable de su lúgubre desfile, que le está destinado a ella misma como expiación. Raras veces ha puesto el destino tanta magia mortal en una mujer: como un oscuro imán, atrae de la manera más peligrosa a todos los hombres de su entorno a su funesta senda. El que se cruza en su camino, da igual si en el favor o en la desgracia, sucumbe a la desdicha y a la muerte violenta. A nadie trajo suerte odiar a María Estuardo. Y aún peor expiación tuvieron aquellos que se atrevieron a amarla.