Maria Estuardo
Maria Estuardo Por eso, este episodio de Chastelard es sólo en apariencia un azar, un mero incidente: por primera vez, se revela aquà —sin que ella lo entienda todavÃa— la ley de su destino, que jamás le dejará ser ligera, frÃvola y confiada sin castigarla por ello. Desde el primer momento, su vida está dispuesta para que tenga que ser una figura representativa, reina, siempre y únicamente reina, con carácter público, una pelota en el juego del mundo, y lo que al principio parecÃa un don, su temprana coronación, su rango innato, es en realidad una maldición. Porque siempre que intenta pertenecerse a sà misma, vivir conforme a su capricho, a su amor, a sus verdaderas inclinaciones, es terriblemente castigada por su error. Chastelard es sólo la primera advertencia. Después de una infancia sin niñez, en el estrecho intervalo antes de entregar su cuerpo y su vida por segunda, por tercera vez a un hombre desconocido a cambio de alguna corona, intenta por unos meses no ser más que joven y despreocupada, nada más que respirar, vivir y disfrutar; y unas duras manos la arrebatan a ese ligero juego. Inquietos a causa del incidente, ahora el regente, el Parlamento, los lores, la presionan para que vuelva a casarse. MarÃa Estuardo debe elegir un esposo: naturalmente, no uno que le guste, sino uno que acreciente el poder y la seguridad del paÃs. Las negociaciones iniciadas hace mucho se aceleran, porque a los responsables les ha acometido una especie de miedo a que esta mujer imprudente termine por destruir completamente su valor y reputación con una nueva necedad. Una vez más, los casamenteros comienzan a actuar en el mercado matrimonial: MarÃa Estuardo vuelve a ser empujada al cÃrculo hechizado de la polÃtica, que circunda implacable su destino desde su primera hasta su última hora. Y siempre que trata de romper ese frÃo anillo que rodea su verdadera y cálida vida, rompe el destino ajeno y su propio destino.