Maria Estuardo
Maria Estuardo Es una herencia doblemente oscura ser una Estuardo y una reina de Escocia, porque hasta ahora ningún Estuardo ha sido feliz o duradero en ese trono. Dos de sus reyes, Jacobo I y Jacobo III, han sido asesinados; dos, Jacobo II y Jacobo IV, han caído en el campo de batalla, y a dos de sus descendientes, esta niña que nada sospecha y su nieto, Carlos I, el destino les tiene reservado algo aún peor: el patíbulo. A ninguno de los miembros de este linaje átrida le ha sido concedido alcanzar la plenitud de la vida, para ninguno brillan la dicha y la estrella. Los Estuardo siempre tienen que luchar contra enemigos exteriores, contra enemigos en su propio país y contra sí mismos, siempre hay inquietud a su alrededor e inquietud en ellos. Su país carece de paz tanto como ellos, y los más desleales son precisamente aquellos que debían ser los más leales: los lores y los barones, esa estirpe caballeresca tenebrosa y fuerte, salvaje y desenfrenada, rapaz y belicosa, obstinada e inflexible… «un pays barbare et une gent brutelle», como se queja disgustado Ronsard, el poeta, después de ir a parar a este país de nieblas. Pequeños reyes en sus feudos y castillos, arrastrando como a reses a sus campesinos y pastores a sus eternas pequeñas luchas y rapiñas, estos indiscutidos jefes de clan no conocen otra alegría de vivir que la guerra, la disputa es su placer, los celos su acicate, el ansia de poder su idea vital. «Dinero y ventaja —escribe el embajador francés— son las únicas sirenas a las que prestan oídos los lores escoceses. Querer predicarles el deber para con sus príncipes, el honor, la justicia, la virtud, las nobles acciones, sería invitarlos a la risa.» Iguales a los condotieros italianos en su amoral ansia de camorra y rapiña, pero menos cultivados y más desenfrenados en sus instintos, los antiguos y poderosos clanes de los Gordon, los Hamilton, los Arran, los Maitland, los Crawford, los Lindsay, Lennox y Argyll conspiran y disputan incesantemente por la preeminencia. Ora se enfrentan en enemistades que duran años, ora se juran en solemnes alianzas una corta lealtad para unirse en contra de un tercero; forman constantemente camarillas y bandas, pero nadie guarda interiormente lealtad a nadie, y todos, aunque emparentados y casados entre sí, guardan a los otros implacables envidia y enemistad. Algo pagano y bárbaro sigue viviendo intacto en sus salvajes almas, sin importar que se llamen a sí mismos protestantes o católicos, según sea la ventaja que esperen obtener; en realidad, todos son nietos de Macbeth y Macduff, la sangrienta Thane, como Shakespeare vio de manera grandiosa.