Maria Estuardo
Maria Estuardo El objeto de este primer afecto de MarÃa Estuardo —caso raro en la Historia Universal— no es otro que el pretendiente polÃtico, Darnley, que por orden de su madre llega a Escocia a principios de febrero de 1565. A MarÃa Estuardo este joven no le es completamente desconocido: hace cuatro años, cuando tenÃa quince, habÃa ido a Francia para llevar a la cámara oscura del deuil blanc las condolencias de su madre. Pero desde entonces ha crecido hasta convertirse en un muchacho esbelto, fuerte, rubio, con un rostro femeninamente liso y lampiño, pero también de una belleza femenina, desde el que dos grandes y redondos ojos de niño miran algo inseguros hacia el mundo: «Il n’est possible de voir un plus beau prince», no es posible un prÃncipe más bello, le describe Mauvissière, y también la joven reina le declara «the lustiest and best proportioned long man», el chico más simpático y mejor proporcionado que jamás ha visto. Forma parte del carácter fogoso e impaciente de MarÃa Estuardo ilusionarse con facilidad. Los románticos que sueñan despiertos como ella raras veces ven en su verdadera medida a los hombres y las cosas, sino que la mayorÃa de las veces las ven como desean verlas. Oscilando sin descanso entre la sobrestimación y la decepción, estos incorregibles nunca se dejan decepcionar del todo, y al salir de una ilusión siempre vuelven a ser vÃctimas de otra, porque la ilusión, no la realidad, es su verdadero mundo. AsÃ, en su simpatÃa rápidamente inflamada por el joven lampiño, MarÃa Estuardo no observa al principio que la bella superficie de Darnley esconde poca profundidad, que no hay verdadera fuerza bajo los tensos músculos, ninguna cultura intelectual bajo su habilidad cortesana. Sólo ve, poco acostumbrada a ello por su entorno puritano, que ese joven principesco monta maravillosamente, baila con flexibilidad, adora la música y la alegrÃa y, en caso necesario, es capaz de componer agradables versos. Semejante toque de inclinación artÃstica siempre hace impresión sobre ella; se alegra sinceramente de encontrar en este joven prÃncipe un agradable compañero para el baile, la caza y todos sus juegos y actividades artÃsticas, su presencia trae variedad y el luminoso aroma de la juventud a una corte un tanto aburrida. Pero también los demás acogen amablemente a Darnley, que conforme a las instrucciones de su inteligente madre se comporta con extrema humildad; pronto es un invitado bien visto en Edimburgo, «well liked for his personage», como dice ingenuamente Randolph, el espÃa de Isabel. Más hábil de lo que cabÃa esperar en él, representa el papel del pretendiente no sólo ante MarÃa Estuardo, sino ante todo el mundo. Por una parte, hace amistad con David Rizzio, el nuevo secretario privado de la reina y hombre de confianza de la Contrarreforma; durante el dÃa juegan juntos a la pelota, por las noches duerme en su misma cama. Pero mientras se acerca al partido católico, halaga al mismo tiempo al protestante. Los domingos, acompaña a la kirk al regente reformado Moray para escuchar, profundamente impresionado en apariencia, las prédicas de John Knox; a mediodÃa, para alejar de sà cualquier recelo, come con el embajador inglés y ensalza la bondad de Isabel, por la noche baila con las cuatro Marys; en pocas palabras, este muchacho alto, no inteligente, pero bien instruido, hace bien su trabajo, y precisamente su mediocridad personal le protege de toda precipitada sospecha.