Maria Estuardo
Maria Estuardo Mas de repente ha saltado la chispa y ha prendido, de pronto es María Estuardo, la cortejada por reyes y príncipes, la que corteja a este tonto muchacho de diecinueve años. Esta inclinación brota de ella con violencia represada e impaciente, como siempre ocurre con las naturalezas plenas que no han empleado y derrochado su energía sentimental en pequeñas aventuras y amoríos; con Darnley, María Estuardo siente por primera vez el deseo femenino. Porque su matrimonio infantil con Francisco II no fue nada más que una especie de camaradería sin resolver, y en todos los años transcurridos desde entonces la mujer que hay en ella ha vivido tan sólo en una especie de oscurecimiento sentimental: ahora, de repente, hay allí una persona, un hombre, sobre el que puede caer como un torrente salvaje este exceso de sentimientos represados y acumulados. Sin pensar, sin reflexionar, ve, como a menudo sucede a las mujeres, al hombre único, al definitivo, en este que tan sólo es el primero. Sin duda sería más inteligente esperar, poner a prueba los valores de este hombre. Pero pedir lógica a la pasión de una joven enamorada sería buscar el sol a medianoche. Porque forma parte de la esencia de la verdadera pasión el que sea inanalizable e irracional. No se puede prever, ni siquiera interpretar a posteriori. Sin duda María Estuardo ha sido alcanzada más allá de su normalmente claro entendimiento. Nada en el carácter de ese chico inmaduro, vanidoso y meramente guapo, hace comprensible su desbordamiento: como innumerables hombres que fueron amados por mujeres intelectualmente superiores mucho más allá de su medida interior, Darnley no tiene ningún otro mérito, ninguna otra fuerza mágica, que ser casualmente aquel que en el momento decisivo sale al paso de la dormida voluntad de amar de una mujer.