Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Ha pasado mucho tiempo, demasiado, antes de que la sangre de esta orgullosa hija de los Estuardo empiece realmente a hervir. Pero ahora tiembla y vibra de impaciencia. Cuando María Estuardo quiere algo, nunca espera ni reflexiona. ¿Qué le ofrecen Inglaterra, Francia, España, el futuro, que no le ofrezca un presente amado? No, ya no quiere seguir la aburrida comedia con Isabel, no quiere insistir al somnoliento pretendiente de Madrid, aunque le aportara la corona de dos mundos: ¡aquí tiene a ese chico luminoso, joven, tierno y voluptuoso, con su boca roja y sensual, sus tontos ojos infantiles, su ternura que está empezando a tantear! En ese estado de irracionalidad dichosa y sensual, el único pensamiento que la llena es atarse ahora con rapidez, pertenecerle pronto. Al principio, sólo una persona en toda la corte conoce su inclinación, su dulce angustia: el nuevo secretario privado, David Rizzio, que hace todo lo posible para llevar con habilidad el barco de los amantes hasta el puerto de la mítica Citera. Este hombre de confianza del Papa ve fundarse en un matrimonio con un católico el futuro predominio de la Iglesia en Escocia, y su celoso casamenterismo sirve menos a la dicha de la pareja que a los fines políticos de la Contrarreforma. Sin que los cancilleres del reino, Moray y Maitland, sospechen la intención de María Estuardo, escribe ya al Papa para pedirle una dispensa, necesaria porque María es pariente de Darnley en cuarto grado. Pregunta ya a Felipe II, considerando cauteloso todas las consecuencias, si María Estuardo podrá contar con su ayuda en caso de que Isabel pusiera dificultades a ese matrimonio; día y noche trabaja este seguro agente, que de lograrse el proyecto conyugal verá ascender en el cielo su propia estrella y el triunfo de la causa católica. Pero por afanoso que sea su revolver y laborar para dejar despejado el camino, para la impaciente todo sigue siendo demasiado lento, demasiado prudente, demasiado cauteloso. No quiere esperar. Semanas y semanas hasta que las cartas lleguen como caracoles a través del mar y la tierra; está demasiado segura de la dispensa del Santo Padre como para que un pergamino tenga que confirmar lo que su voluntad quiere tener ya. En sus decisiones, María Estuardo siempre tendrá esa ciega incondicionalidad, esa espléndida y necia desmesura. Finalmente, el hábil Rizzio sabe dar cumplimiento a ese deseo, como a todos los demás de su señora; hace venir a su cuarto a un sacerdote católico, y aunque no pueda demostrarse que realmente tuviera lugar un matrimonio anticipado tal como la Iglesia lo entiende —en la historia de María Estuardo nunca se puede confiar del todo en los relatos individuales—, sí tiene que haberse producido algún tipo de promesa o vínculo entre ambos; porque, «Laudato sia Dio», el espabilado ayudante Rizzio exclama que ahora nadie puede «disturbare le nozze», impedir la boda. Antes de que el resto de la corte sospeche en Darnley al pretendiente, en realidad ya es señor de su vida, y quizá también de su cuerpo.


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