Maria Estuardo
Maria Estuardo También Maitland, el otro probado asesor, ensaya la resistencia. También él ve amenazada su posición y la paz de Escocia, también él se resiste, tanto como ministro como en calidad de protestante, contra la instauración de un príncipe católico, y poco a poco los nobles reformados del país se reúnen en tomo a ellos dos. Finalmente también a Randolph, el embajador inglés, empiezan a abrírsele los ojos. Por vergüenza de haberse dormido durante las horas decisivas, describe en sus informes la influencia del guapo muchacho sobre la reina como brujería, como witchcraft, y redobla con fuerza los tambores pidiendo ayuda. Pero ¡qué son todo el disgusto y el refunfuñar de estas gentes pequeñas junto a la ira furiosa, vehemente, perpleja de Isabel en cuanto se entera de la elección de María Estuardo! Porque en verdad se le ha hecho pagar amargamente su doble juego, se le ha estafado hasta el ridículo en este juego matrimonial. Con el pretexto de negociar por Leicester, se le ha hecho soltar de la mano al verdadero pretendiente y se le ha pasado de contrabando a Escocia; ahora ella se sienta con su diplomacia superior en Londres y le toca mirar lo que sucede. En el primer arranque de furia, encierra en la Torre a lady Lennox, la madre de Darnley, como instigadora de todo el cortejo, y ordena amenazante a su «súbdito» Darnley que regrese inmediatamente a casa; amenaza a su padre con la confiscación de todos sus bienes, convoca un Consejo de la corona que, a petición suya, declara el matrimonio peligroso para la amistad entre los dos países, amenaza pues, en veladas palabras, con la guerra. Pero en lo más profundo de sí misma la engañada está tan asustada y trastornada que al mismo tiempo apuesta por regatear y por actuar. Para superar su vergüenza, arroja sobre la mesa su último triunfo, la carta que hasta ahora sostenía convulsiva entre los dedos: por vez primera, ofrece a María Estuardo de manera abierta y vinculante (ahora que el juego está perdido) la sucesión al trono de Inglaterra, envía incluso —de pronto le ha entrado la prisa— a un embajador con la promesa válida de que «if the Queen of Scots would accept Leicester, she would be accounted and allowed next heir to the crown as though she were her own born daughter», si la reina de los escoceses acepta a Leicester, será reconocida heredera del trono como si fuera la propia hija de Isabel. Fantástica prueba de la eterna contradicción de toda diplomacia: lo que María Estuardo ha querido obtener de su rival durante años, con la mayor inteligencia, insistencia y astucia, el reconocimiento de su derecho a la corona, puede obtenerlo de golpe ahora precisamente por medio de la mayor tontería de su vida.