Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero forma parte de la esencia de las concesiones políticas que lleguen siempre demasiado tarde. Ayer María Estuardo aún era política, hoy no es más que mujer, no es más que enamorada. Hasta hace poco, aún era su deseo más ardiente convertirse en sucesora al trono de Inglaterra, hoy toda esa ambición real ha quedado olvidada ante el deseo, menor pero más impulsivo, de la mujer de tener a ese muchacho esbelto, guapo, joven, de poseerlo. Es demasiado tarde para las amenazas, las ofertas de herencia de Isabel, demasiado tarde también para las advertencias de sinceros amigos, como el duque de Lorena, su tío, que le dice que debe apartarse de ese «joli hutaudeau», ese «guapito». Ni la razón ni la razón de Estado tiene ya poder sobre su indomable impaciencia. Con ironía, responde a la furiosa Isabel, enredada en su propia red: «La insatisfacción de mi buena hermana es para mí realmente asombrosa, porque esta elección que ahora objeta ha ocurrido conforme a sus deseos. He rechazado a todos mis pretendientes extranjeros, he elegido a un inglés que procede de la sangre real de ambos reinos y es el primer príncipe de Inglaterra». Isabel no puede responder nada a eso, porque María Estuardo ha accedido a sus deseos al pie de la letra… aunque, naturalmente, de otro modo. Ha escogido a un noble inglés, e incluso a uno que ella le ha enviado a casa con ambigua intención. Como a pesar de ello, en su descontrolado nerviosismo, sigue apremiando a María Estuardo con ofertas y amenazas, finalmente ésta habla con dureza y claridad. Han estado haciéndola esperar tanto tiempo con hermosos discursos y defraudando sus expectativas, que ahora, con el consentimiento de todo el país, ha hecho su propia elección. Indiferente a las cartas de Londres, ya sean dulces o agrias, en Edimburgo se prepara la boda a todo ritmo y se nombra rápidamente a Darnley duque de Ross; el embajador inglés, que en el último momento llega al galope con un montón de protestas de Inglaterra, llega justo a tiempo de oír la proclamación de que desde ahora Henry Darnley será llamado rey y con tal título habrá que hablarle («namit and stylith»).