Maria Estuardo
Maria Estuardo Entretanto anochece. MarÃa Estuardo se ha hecho, como siempre, servir la cena en el cuarto de la torre que está en el primer piso, junto a su dormitorio: es una habitación pequeña, que sólo tiene espacio para la más Ãntima reunión. Un estrecho cÃrculo familiar —unos cuantos nobles y la hermanastra de MarÃa Estuardo— rodea la pesada mesa de roble, iluminada por velas colocadas en candelabros de plata. Enfrente de la reina se sienta David Rizzio, vestido como un gran señor, con un sombrero à la mode de France y una casaca damasquinada y forrada de piel; charla alegremente, y quizá después de la cena hagan un poco de música o se distraigan de cualquier otra forma. Tampoco resulta inusual que de pronto la cortina que da al dormitorio de la reina se descorra y entre Darnley, el rey, el esposo; enseguida todos se levantan, en la apretada mesa se hace sitio al infrecuente huésped junto a su esposa, a la que coge levemente por la cintura y saluda con un beso de Judas. La conversación prosigue alegremente, los platos y las copas tintinean con la amable música de la hospitalidad.