Maria Estuardo
Maria Estuardo Entonces, la cortina se aparta por segunda vez. Esta vez todos dan un respingo, sorprendidos, irritados, sobresaltados, porque detrás de la puerta está, como un ángel negro con todas sus armas, uno de los conjurados, lord Patrick Ruthven, generalmente temido, con fama de hechicero, con la espada desnuda en la mano. Su rostro está especialmente pálido, porque se ha levantado de la cama, febril, gravemente enfermo, sólo para no perderse la loable acción, y en sus ojos ardientes brilla una dura decisión. La reina, que enseguida intuye que algo malo ocurre —porque nadie más que su esposo puede servirse de la secreta escalera de caracol que conduce a su dormitorio—, increpa a Ruthven: con permiso de quién se presenta ante ella sin anunciarse. Pero Ruthven responde con sangre frÃa, con tranquila relajación, que no hay nada contra ella ni contra ningún otro. Su llegada afecta únicamente a «yonder poltroon David».
Rizzio palidece bajo el fastuoso sombrero y se aferra convulsivo a la mesa. Ha entendido enseguida lo que le espera. Ahora sólo su señora, sólo MarÃa Estuardo puede protegerle, ya que el rey no hace intención alguna de echar al insolente, sino que se queda allà sentado, frÃo y confuso, como si el asunto no fuera con él. Enseguida, MarÃa Estuardo intenta mediar. Pregunta qué se reprocha a Rizzio, qué crimen ha cometido.
Ruthven se encoge de hombros, despreciativo, y dice: «Preguntad a vuestro esposo», «Ask your husband».