Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero ahora se vuelven a oÃr duros pasos y entrechocar de armas detrás de la cortina. Los conjurados han subido uno tras otro la estrecha escalera y cortan la retirada a Rizzio como un muro blindado. Ya no es posible escapar. Asà que MarÃa Estuardo trata de salvar mediante negociaciones a su fiel servidor. Si hay algo que reprochar a David, ella misma se lo reclamará ante el Parlamento de la nobleza reunida, pero ahora, ordena, que Ruthven y todos los demás salgan de sus aposentos. Mas la rebelión no obedece. Ruthven ya se acerca a Rizzio, cadavérico, para sujetarle, otro le tira un lazo en tomo al cuerpo y empieza a tirar. Se produce un terrible tumulto, en el que la mesa es derribada y las velas se apagan. Rizzio, desarmado y débil, ni un guerrero ni un héroe, se agarra al vestido de la reina, lanza estridente un grito de terror por entre el tumulto: «Madonna, io sono morto, giustizia, giustizia!». Uno de los conjurados apunta la pistola cargada contra MarÃa Estuardo, y apretarÃa el gatillo si otro no le apartara a tiempo, y el propio Darnley sujeta con ambos brazos el pesado cuerpo de la embarazada hasta que los otros han sacado del cuarto al hombre que grita furiosamente y se revuelve presa de un pánico mortal. Una vez más, cuando ya le arrastran por el dormitorio vecino, se aferra a la cama de la reina, que escucha indefensa sus peticiones de auxilio. Con violencia, implacables, le golpean los dedos para que se suelte y siguen arrastrándolo hasta el gabinete; allÃ, caen juntos sobre él como lobos furiosos. Se supone que su intención sólo era prender a Rizzio y colgarlo de forma solemne al dÃa siguiente en la plaza del mercado. Pero la excitación los vuelve locos. Compiten en clavar sus puñales en el indefenso, una y otra vez, borrachos de sangre, finalmente tan enloquecidos que se hieren los unos a los otros. El suelo está ya rojo y empapado, y siguen enloquecidos. Sólo cuando han arrancado el último aliento de vida al cuerpo palpitante, que sangra por más de cincuenta heridas, del desdichado, lo dejan. Convertido en una masa de carne cruelmente desfigurada, el cadáver del más fiel amigo de MarÃa Estuardo es arrojado por la ventana al patio.