Maria Estuardo

Maria Estuardo

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María Estuardo oye, llena de amargura, cada grito de muerte de su devoto servidor. Incapaz de soltar su pesado cuerpo de embarazada de Darnley, que la sujeta férreo entre sus brazos, se revuelve con toda la energía de su alma apasionada contra la inaudita humillación que se le hace en su propia casa, a la vista de sus súbditos. Darnley puede sujetarle las manos, pero no los labios; entre espumarajos de furia insensata, escupe al cobarde su mortal desprecio. Le llama traidor e hijo de un traidor, se acusa de haber elevado al trono a tan gran nulidad como él: lo que hasta ahora en esta mujer había sido mera aversión hacia su esposo se endurece en esos minutos hasta convertirse en odio inolvidable e imborrable. Darnley trata en vano de disculpar su conducta. Le reprocha que desde hace meses se le ha negado físicamente, que ha concedido más de su tiempo a Rizzio que a él, su esposo. María Estuardo tampoco ahorra las más terribles amenazas contra Ruthven, que ha entrado en la estancia y, agotado por su acción, se deja caer en una silla. Si Darnley pudiera leer en sus miradas, retrocedería espantado ante el odio asesino que brilla al descubierto en ellas. Y si sus sentidos estuvieran más despiertos y fueran más inteligentes, tendría que comprender lo peligroso de su anuncio de que ya no se consideraba su esposa y no descansaría hasta que el corazón de él estuviera tan lleno de luto como el suyo en esa hora. Pero Darnley, que tan sólo es capaz de pasiones cortas y pequeñas y no sabe lo mortalmente que ha herido el orgullo de María Estuardo, no sospecha que en ese momento ella ha dictado su sentencia. Ese pobre y pequeño traidor que se deja engañar por todo el mundo cree que, ahora que esa mujer agotada enmudece y se deja llevar a su cuarto, en apariencia sin voluntad, ha quebrado la espina dorsal de su energía y volverá a someterse a su voluntad. Pero pronto sabrá que un odio que sabe callar es aún más peligroso que el más furibundo de los discursos, y que quien ha ofendido mortalmente una vez a esa mujer orgullosa se ha puesto él mismo a la Muerte en la nuca.


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