Maria Estuardo
Maria Estuardo Y entonces empieza una escena de dimensiones shakesperianas, comparable tan sólo, en su grandiosa inverosimilitud, a aquella en que Ricardo III, ante el sarcófago del esposo asesinado por él, corteja a su viuda y la consigue. También aquí el asesinado continúa insepulto, también aquí el asesino y sus cómplices están ante una persona contra la que han cometido la traición más honda que quepa imaginar, también aquí el arte del disimulo alcanza una elocuencia demoníaca. Nadie fue testigo de aquella escena; tan sólo se conocen su comienzo y su final. Darnley acude al cuarto de su esposa, a la que ayer humilló mortalmente y que, en la primera y más auténtica sinceridad de su indignación, le anunció mortal venganza. Como Crimilda junto al cadáver de Sigfrido, ayer aún apretaba los puños contra los asesinos, pero como Crimilda, en aras de la venganza ha aprendido en una noche a ocultar su odio. Darnley ya no encuentra a la María Estuardo de ayer, la adversaria vengativa que se yergue orgullosa, sino a una mujer pobre y quebrada, mortalmente agotada, dispuesta a ceder, enferma, una mujer que alza la vista, sometida y tierna, hacia él, el hombre fuerte y tiránico que le ha demostrado que es su dueño. El vanidoso idiota encuentra todo el triunfo con el que ayer soñaba: por fin, María Estuardo vuelve a cortejarle. Desde que ha sentido su férrea mano se ha vuelto sumisa la orgullosa, la arrogante. Desde que ha echado a un lado a ese truhán italiano, vuelve a servir a su verdadero señor y maestro.